Al colegio San José – Alusión a sus 125 años de existencia

 

El tiempo, perseverante viajero,

ovaciona tus inicios lejanos.

Humilde colegio, cual semillero

de ilustres y sencillos ciudadanos.

 

Orienta San José a tus profesores

que imparten generosa enseñanza,

calmando el viento norte con valores.

Lino sembró y cosechó Esperanza.

 

El jacaranda adorna en primavera

tu silueta de tiza y pizarrón,

muros que anidan amistad sincera.

 

Hoy recuerdo, en tu nuevo aniversario,

anécdotas, leyenda y tradición,

juventud aferrada a tu inventario.

                                Roque Filosa

                                         Promoción 1961

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Published in: on enero 3, 2017 at 5:15 pm  Dejar un comentario  
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Personajes en el recuerdo. Década del 60

Les comparto un aporte que me hizo llegar hace mucho tiempo atrás Roque Filosa. Promoción 1961 del Colegio San José

Voz de caño

Lo conocíamos de vista y creíamos que su apellido era “Hill” o algo similar. Vivía en una dependencia anexa a la huerta del colegio que limitaba con el sembradío de repollos. Era corpulento de baja estatura, ceño adusto y de pocas palabras. Su cabellera entre cana disimulaba su indescifrable edad. Un fuerte olor a tabaco impregnaba toda su ropa, era un empedernido fumador. Era un sastre reconocido. Se decía que espantaba las polillas con el humo de los cigarrillos.

El Padre José Robrecht era admirado por ser un músico notable y un eximio profesor. Los teoremas geométricos los deducía con lógicos razonamientos y los desarrollaba en el negro pizarrón con letra caligráfica. Los domingos engalanaba la tarde con armoniosas melodías que ejecutaba en el órgano de la capilla. Dos veces por semana, después de la cena, dirigía los ensayos del grupo coral. Para él, “Hill” era imprescindible por el tono grave de su voz y  su buen oído musical. Pero, nosotros a penas si lo tolerábamos, por celos tal vez o por envidia lo apodábamos “voz de caño.”

Ausente con aviso

Una hora menos de clase, en esa interminable mañana de lunes, fue un alivio. La ausencia afectaba al profesor de psicología, nada menos que el Rector. ¿Estaría atareado por demás?  Vaya si lo estaba ese 10 de abril de 1961. Ese día, una tenue llovizna  otoñal acompañaba a quienes presenciaron un hecho histórico. El Padre Luis Kreder secundado por Adelmo Romano, su mano derecha, inauguraba la facultad de Agronomía y Veterinaria en el predio del colegio.

“Kreder,”  así a secas como lo llamábamos, ilustraba su didáctica con la experiencia vivida como misionero en las islas Filipinas.  En clase, cuando se daba la oportunidad, lo desviábamos del tema movidos por una pícara curiosidad. Supo explicarnos el por qué era necesaria esa facultad y cómo se encaró el proyecto con el apoyo de la congregación del Verbo Divino. Su propuesta, argumentos y decisiones nos fascinaban. Era un visionario consciente de la realidad. Ese día “él de la inauguración” no nos tomó lección porque estaba ausente con aviso.

Una jugarreta

 Bajo su cuidado estaba el aula museo y transitaba por las galerías con pasitos cortos. Su frágil figura, entrada en años, denotaba pulcritud reflejada en su guardapolvo. Estaba jubilado y vivía en el colegio, se lo conocía como el maestro Baineker. De él se decía que era oriundo de Alemania y de joven se había afincado en Esperanza.

 Un fin de semana protagonizó una situación tragicómica. Al regreso de un encuentro con una familia amiga, siendo de noche, no dio con su domicilio y pretendió entrar por la portería del convento Cristo Rey. Su alborotada insistencia desconcertó a las monjas, a quienes pedía que le abrieran la puerta. Cuando constataron que el inesperado visitante no se podía mantener en pie, dieron aviso a la guardia del Hospital aledaño. La enfermera de turno respondió fastidiada que el personaje en cuestión antes había estado con ellos, creyendo estar en el colegio San José. Apaciguado los ánimos lo encaminaron casi en andas hasta su vivienda y lo recostaron  en el lecho de su cuarto. Con el tiempo,  ese suceso fue cubierto por el manto del olvido. Aquellos que se enteraron fueron indulgentes con él, a quien unas copas de más le hicieron una jugarreta.

Las carcajadas de Don Márquez

De lunes a viernes, desde la cámara frigorífica hasta la cocina, don Márquez cruzaba por el patio empujando un ruidoso carretón  con carne trozada. Personaje sencillo que vestía la típica bombacha criolla y calzaba bigotudas alpargatas, de hablar pausado y  de mirada astuta. Cuando algún curso iba de excursión a “la quinta” era el encargado de llevar los enseres y provisiones.

 En uno de esos paseos, quien hoy lo recuerda se las ingenió para acompañarlo en el carro y así evitar la obligada caminata. Circunstancia en la cual la ignorancia pueblerina marcó un hecho risueño. El andar de los caballos  alteraba el primaveral entorno y espantaba alguna que otra perdiz. Unos teros asustados iban y venían en vuelo rasante. Don Márquez, al ver dibujado el temor en el rostro de su ocasional ayudante, dijo:

¡Eh!  ¿Estás julepeado?

Un poco   ¿No hay modo de espantar a esos pajarracos?

– ¿Los teros?

– ¡Sí!

– Con sal.

¿Cómo?

Con sal. Ahí está. Échales sin miedo.

El desesperado acompañante ubicó el paquete de sal gruesa y la esparció a derecha e izquierda. ¿Para qué…? Aún hoy resuenan en sus oídos las carcajadas de don Márquez.

Agua en la boca

 La Hermana Bonegarda era la  encargada de la cocina y de su personal. Cuando se podía repetir las porciones de comida, trataba de complacer salomónicamente. Al terminar las  raciones, se disculpaba diciendo: ¡Nicht! ¡Nicht! Ella hablaba español pero no muy fluido. A modo de consuelo brindaba su sonrisa germana que resaltaba el hoyuelo de su abultado mentón. Entonces, la resignación hacia conscientes a los jóvenes que estaban en crecimiento pero con buen apetito.

El actual salón de actos, engalanado para las veladas teatrales, pasaba a ser cotidianamente el recinto comedor de quienes vivían en el seminario. En ambiente aparte estaba el que correspondía a “los pupilos.”

 El reiterado menú de los domingos y días festivos  era deseado por sabroso. La imaginación volaba en pos de las milanesas crocantes rodeadas por un blanco puré. Al mediodía, cuando el aroma a chucrut inundaba el ambiente, por reflejo condicionado, se hacía agua en la boca.

Published in: on enero 2, 2017 at 5:14 pm  Dejar un comentario